
Evidentemente, son momentos de cambio. Juana cada vez habla más y mejor, eso se nota. Entiende las cosas, las memoriza, las analiza y saca sus propias conclusiones. Sus razonamientos tienen una lógica y en base a esa lógica actúa. Si a esto le sumamos que va a tener una hermana, suceden cosas como, por ejemplo, no querer subirse al auto después del jardín.
A Dios gracias, a mi me toca llevarla. Dulce, bondadosa, ella va en silencio a la mañana, la procesión va por dentro, tal cual su padre. Tampoco es que el viaje dura media hora, apenas si son diez cuadras, casi que en línea recta. Perdón que me repita, pero disfruto tanto de esos minutos por la mañana, que no lo quiero dejar de hacer por nada del mundo. Vuelvo el tiempo atrás y ahora entiendo porqué mi viejo se venía desde Barrio Norte hasta Belgrano para llevarnos al cole cuando éramos chicos.
Volviendo a Flor, siempre le toca la peor parte. Tiene que buscar a la mocosita toda excitada que sale del colegio. Cuando no son las botas que no le compra, son los berrinches por no querer subirse al auto, en este caso seguido de un cross de derecha, que impactó de lleno en la cara de su madre.
- ¡Juana! ¡Te subis inmediatamente al auto y te quedás en penitencia!
Duró el berrinche lo que tuvo que durar, hasta que se pasó luego de unos minutos. Volvió todo a la normalidad, aunque no sin cierta tirantez entre ellas.
- Mami, ¿dónde estoy?
- En el auto, JUANA
- No Mami, ¿dónde estoy?
- En el auto... (claramente Flor seguía molesta por todo lo que había pasado)
- No Mamá, ¡estoy en Penitencia! Seguir leyendo!



