lunes, 16 de marzo de 2009

¡Como te lo tengo que decir!

Creo que una de las situaciones más desesperantes que pasamos junto a Flor fue la inundación en enero de 2004. Estábamos viviendo en la casa de Lorena, en Thames y Niceto, cuando se largo un diluvio de aquéllos, esas lluvias en las cuáles Blanco Encalada parece Venecia y el clásico de los "noticiosos" es la gente caminando con el agua hasta la cintura.

Esa noche, llovía tanto pero tanto pero tanto, que el agua entraba por todos los wines: por la puerta, por las ventanas, por el patio, por las rejillas... Esto último fue lo peor, ya que al llenarse las alcantarillas y los desagües, todo lo que se encontraba dentro de ellas, tenía que salir. Me estoy refiriendo a las cucarachas. Si, imaginénse que por la rejilla de su patio comienzan a entrar cucacarachas a borbotones, como esas películas yanquis en las cuales te atacan las abejas, bueno, eso mismo... que desesperación.

El otro día llovió tanto que, en casa, donde tenemos los pluviales tapados (por las raíces de los árboles), el agua empezó a entrar por el ventanal del family. Yo, para variar, estaba "trabajando en el avión", como lo definiría mi hija mayor.

Flor, en su afán de atajar el agua, gritaba y gritaba. Juani en el medio, no sabía para adónde arrancar. Ella veía a su mamá desesperada, la quería ayudar de cualquier manera. Agarró diferentes elementos para despejar el agua, pero ninguno ayudaba, es más, todos se interponían entre Florencia y el agua.

- ¡Juana! ¡Quedate sentada y no hagas más nada!

Obedeció, como siempre hace. Miraba atónita la situación, impotente. Hasta que decidió actuar:

- ¡Lluvia, dejá de llover!

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